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CAPÍTULO 3: EL TELÉFONO DEL ANCIANO

CAPÍTULO 3: EL TELÉFONO DEL ANCIANO

Ryan dio un paso hacia la tienda para recoger sus cosas.

Pero James habló.

—Espera, hijo.

Ryan se detuvo.

—Está bien, señor. No se preocupe.

James colocó la manguera en su sitio. El surtidor marcaba el total de gasolina pagada por Ryan. El depósito no estaba completamente lleno, pero era suficiente para llegar a cualquier lugar cercano.

El anciano miró la pantalla.

Luego miró al gerente.

Después miró a Ryan.

—No, no está bien.

Martin soltó una risa seca.

—Señor, si ya tiene gasolina, puede marcharse.

James no se movió.

Metió la mano dentro de su chaqueta oscura y sacó un teléfono.

No era el teléfono viejo que Ryan habría esperado.

Era un modelo moderno, elegante, con funda de cuero negro. Demasiado caro para un hombre que parecía no poder pagar combustible.

El gerente lo notó.

Su mirada cambió apenas.

James marcó un número.

Todos observaban.

El teléfono sonó una vez.

Dos.

Luego alguien respondió.

James habló con calma.

—Sí… envíen a mi conductor.

Hubo una pausa.

Los clientes se miraron entre sí.

Ryan frunció el ceño.

¿Conductor?

James continuó:

—Estoy en la gasolinera Horizon.

Otra pausa.

—No. No venga solo. Traiga a Margaret del departamento legal.

El gerente palideció ligeramente.

—¿Departamento legal?

James guardó el teléfono en el bolsillo sin decir nada más.

Martin intentó recuperar su tono duro.

—Señor, no sé qué intenta hacer, pero esto es propiedad privada.

James lo miró.

—Lo sé.

—Entonces entenderá que tengo derecho a manejar a mis empleados.

—Exempleado —dijo Ryan en voz baja.

James giró hacia él.

—Todavía no.

Ryan no entendió.

El sonido de motores se acercó desde la carretera.

Primero apareció un sedán negro.

Luego otro.

Después una camioneta de lujo se detuvo frente a la tienda.

Los clientes se apartaron.

Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo.

Bajó un hombre con traje oscuro sosteniendo un paraguas.

Luego una mujer de unos cuarenta años con una carpeta de cuero.

Después otro hombre, más joven, con auricular y tablet.

Todos caminaron directamente hacia James.

El hombre del paraguas inclinó la cabeza.

—Señor Foster.

Ryan sintió que el aire se le escapaba.

Señor Foster.

No “señor”.

No “anciano”.

No “cliente”.

Señor Foster.

La mujer de la carpeta se acercó.

—Tenemos los documentos listos. Solo faltaba su autorización final para la inspección nocturna.

James asintió.

—La inspección terminó.

Martin dio un paso atrás.

—¿Inspección?

La mujer lo miró.

—¿Usted es el gerente de esta estación?

Martin se enderezó por instinto.

—Sí. Martin Cole.

James no apartó los ojos de él.

—Explíquele, Margaret.

La mujer abrió la carpeta.

—El señor James Foster es el fundador de Foster Meridian Holdings. La adquisición de la cadena Horizon fue aprobada esta mañana. Esta estación forma parte del paquete inicial de revisión operativa.

El silencio fue total.

Hasta la lluvia pareció detenerse.

Ryan miró a James.

La camioneta vieja.

El abrigo usado.

Las botas gastadas.

Nada encajaba.

James habló con la misma calma de antes:

—Vine sin aviso porque quería ver cómo trataban a la gente cuando no sabían quién estaba frente a ustedes.

Martin perdió todo el color del rostro.

—Señor Foster… yo no tenía idea…

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James lo interrumpió.

—Ese era el punto.

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