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Capítulo 2 — La niña que no debía existir

Capítulo 2 — La niña que no debía existir

Vanessa palideció.

—Señora Blackwood...

Eleanor no la miró.

Caminó directamente hacia Emily.

La niña seguía arrodillada.

Eleanor observó el cubo.

El agua.

El trapeador.

Después la marca roja en la muñeca de Emily.

—Levántate, querida.

Emily obedeció.

Eleanor se agachó con dificultad.

Miró la pulsera.

Sus dedos comenzaron a temblar.

No de ira.

De emoción.

—Déjame verla.

Emily dudó.

—Mamá dijo que no debo quitármela.

—No voy a quitártela.

La niña extendió el brazo.

Eleanor tocó el emblema.

Cerró los ojos.

Veintinueve años antes había entregado aquella misma pulsera a su única hija.

Charlotte Blackwood.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

Emily respondió:

—Charlotte Carter.

Eleanor dejó de respirar.

Vanessa observaba desde atrás.

Charlotte.

Todo el personal antiguo conocía aquel nombre.

La hija desaparecida de Eleanor Blackwood.

La heredera que había abandonado una de las fortunas familiares más grandes del noreste.

Eleanor abrió los ojos.

—¿Tu madre era Charlotte?

Emily asintió.

—Murió.

La voz de la niña se quebró.

Eleanor cerró los ojos nuevamente.

Había sabido que Charlotte estaba muerta.

Lo que no sabía era que tenía una hija.

Su nieta.

Emily.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro meses.

Eleanor apretó los labios.

—¿Y tu padre?

Emily miró el suelo.

—También murió.

Eleanor se incorporó lentamente.

Luego miró a Vanessa.

Esta vez no había emoción en sus ojos.

—Explícame.

—Señora...

—Ahora.

Vanessa tragó saliva.

—Creí que era una niña enviada por servicios sociales.

—Eso no explica por qué estaba de rodillas limpiando agua que tú misma derramaste.

—Yo...

—Tampoco explica por qué intentaste quitarle una joya.

Vanessa comenzó a tartamudear.

—Pensé que la había robado.

—Entonces llamas a seguridad.

Eleanor señaló el suelo.

—No humillas a una niña.

Vanessa bajó la cabeza.

—Lo siento.

Eleanor miró a Emily.

—No me pidas perdón a mí.

Vanessa apretó la mandíbula.

Se giró hacia la niña.

—Lo siento.

Emily permaneció callada.

Eleanor hizo una seña.

Dos miembros de seguridad aparecieron.

—Acompañen a la señorita Moore a su habitación.

Vanessa levantó la cabeza.

—¿Me está despidiendo?

—Todavía no.

Aquella respuesta fue peor.

Vanessa fue escoltada fuera.

Emily quedó sola con Eleanor.

La anciana la observó.

Durante treinta años había imaginado cómo sería volver a ver a Charlotte.

Había ensayado disculpas.

Discursos.

Preguntas.

Ahora era demasiado tarde.

Pero frente a ella había una niña con sus mismos ojos.

—Emily.

—Sí.

—Creo que tenemos mucho de qué hablar.


Charlotte Blackwood había crecido en una riqueza casi imposible de imaginar.

Colegios privados.

Caballos.

Vacaciones en Francia.

Vestidos hechos a medida.

Pero también había crecido bajo el control absoluto de Eleanor.

Eleanor había heredado Blackwood Industries de su marido.

Después de su muerte, transformó la compañía en un imperio.

Para sobrevivir en un mundo dominado por hombres poderosos se volvió dura.

Demasiado dura.

Y educó a Charlotte de la misma manera.

A los veintidós años, Charlotte se enamoró de David Carter.

David era profesor de música.

No tenía dinero.

No tenía conexiones.

Eleanor lo consideró un oportunista.

—Si te casas con él, no recibirás nada.

Charlotte respondió:

—Entonces no quiero nada.

Se marchó.

Eleanor creyó que regresaría.

No lo hizo.

Pasaron años.

El orgullo se convirtió en distancia.

La distancia en silencio.

Después Eleanor quiso arreglarlo.

Pero Charlotte rechazaba sus cartas.

Hasta que dejaron de llegar.

Lo que Eleanor no sabía era que su hija había tenido una niña.

Emily.

Y que, poco antes de morir de una enfermedad, Charlotte había entregado a su hija la pulsera.

—Nunca te la quites —le dijo—. Algún día tu abuela sabrá quién eres.

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Emily no entendió.

Ahora sí.

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