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Chapter 3

CAPÍTULO 4 — LA DECISIÓN

David intentó mantener la calma.

—No sé qué está ocurriendo, pero la situación con Emma es un asunto interno.

Margaret miró la identificación sobre el mostrador.

—¿La ha despedido por ayudarme?

—La despedí por incumplir una norma.

—¿Qué norma?

David explicó que los empleados no debían utilizar transacciones personales para interferir con compras de clientes durante su turno.

Margaret escuchó.

—¿Robó algo?

—No.

—¿Regaló mercancía de la tienda?

—No exactamente.

—¿La tienda perdió dinero?

David guardó silencio.

Emma intervino.

—Señora, está bien.

Margaret la miró.

—No, todavía no sé si lo está.

Emma parecía confundida.

—No quiero causarle más problemas.

Margaret sostuvo el cartón con ambas manos.

—Usted no me causó ningún problema.

Miró a David.

—Me mostró uno.

David apretó la mandíbula.

—¿Está amenazándome?

—No.

Margaret respondió con absoluta tranquilidad:

—Estoy observándolo.

Aquellas palabras fueron peores.

David miró alrededor.

Los clientes cercanos intentaban fingir que no escuchaban.

—Si tiene alguna queja, puede presentarla formalmente.

—¿Habría escuchado mi queja antes de ver mi teléfono?

David quedó callado.

Margaret continuó:

—Cuando creyó que yo era simplemente una anciana pobre, ¿mi opinión tenía algún valor para usted?

—Eso no tiene nada que ver.

—Tiene todo que ver.

Margaret miró a Emma.

—Ella tampoco sabía quién era yo.

David siguió su mirada.

—No sabía si tenía dinero.

—No.

—No sabía si podía ayudarla.

—No.

—No sabía si alguna vez volvería a verme.

Emma negó con la cabeza.

Margaret asintió.

—Y aun así me ayudó.

Volvió a mirar a David.

—Usted tampoco sabía nada sobre mí.

Pausa.

—Y también tomó una decisión.

David comprendió.

Los dos habían sido evaluados sin saberlo.

Pero Margaret todavía no revelaba quién era.

—¿La compra de la que habló por teléfono tiene algo que ver con esta tienda?

Margaret sonrió débilmente.

—Quizá.

—Necesito saberlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque hace diez minutos no necesitaba saber nada sobre mí para decidir cuánto respeto merecía.

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David bajó los ojos.

Por primera vez, no encontró una respuesta.

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