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Chapter 4

CAPÍTULO 5 — LO VOLVERÍA A HACER

Margaret se volvió hacia Emma.

—Tome su identificación.

Emma miró el mostrador.

Después a David.

—Ella no puede decidir eso.

Margaret asintió.

—Tiene razón.

Miró a David.

—La decisión es suya.

David comprendió perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Podía devolverle el empleo a Emma por miedo.

Pero eso solo confirmaría todo lo que Margaret acababa de decir.

Respiró profundamente.

Tomó la identificación.

Se acercó a Emma.

—Te debo una disculpa.

Emma permaneció callada.

—Reaccioné demasiado rápido.

Dejó la identificación frente a ella.

—No estás despedida.

Emma no la tomó inmediatamente.

—¿Porque ella hizo esa llamada?

David miró a Margaret.

Después negó con la cabeza.

—No debería ser por eso.

Miró nuevamente a Emma.

—No estabas robando. Pagaste el producto con tu propio dinero porque viste a alguien que necesitaba ayuda. Podría haberte corregido sin humillarte ni despedirte.

Emma tomó lentamente la identificación.

Margaret observó la escena.

David se volvió hacia ella.

—No sé quién es usted.

—Eso no importa.

—Creo que sí.

Margaret negó con la cabeza.

—Ese es precisamente el problema.

David guardó silencio.

Margaret levantó el cartón.

—Si necesita saber quién soy antes de decidir cómo tratarme, entonces no ha entendido nada.

David bajó la mirada.

Margaret tomó su bolsa de lona.

Emma salió de detrás de la caja.

—Espere.

Margaret se detuvo.

—¿Sí?

—¿Puedo preguntarle algo?

—Claro.

Emma señaló discretamente el teléfono oculto nuevamente bajo su impermeable.

—¿Qué quiso decir con “adquisición”?

Margaret sonrió.

—No puedo decírselo.

—¿Tiene que ver con este supermercado?

Margaret permaneció en silencio.

Emma comprendió que no obtendría una respuesta.

—Entonces, ¿por qué estaba aquí?

Margaret miró alrededor.

Las cajas.

Los empleados.

Los clientes.

Después miró el cartón que Emma había comprado.

—Tal vez necesitaba descubrir algo antes de tomar una decisión.

—¿Qué cosa?

Margaret miró directamente a Emma.

—Qué clase de personas trabajan aquí cuando creen que nadie importante está mirando.

Emma quedó inmóvil.

Margaret comenzó a caminar hacia la salida.

David la llamó.

—Señora Bennett.

Ella se volvió.

—Si esa adquisición tiene realmente algo que ver con nosotros...

Margaret esperó.

David respiró profundamente.

—¿Lo que ocurrió esta noche cambió su decisión?

Margaret miró primero a David.

Después a Emma.

—Sí.

David palideció.

—¿Para bien o para mal?

Margaret contempló durante un instante a la joven cajera.

—Todavía no lo he decidido.

Y se marchó.

Las puertas automáticas se abrieron.

El ruido de la lluvia llenó brevemente el supermercado.

Margaret desapareció lentamente en el estacionamiento llevando su vieja bolsa y aquel único cartón de leche.

Nadie descubrió quién era.

Nadie supo quién estaba al otro lado de aquella llamada.

Nadie supo qué empresa estaba siendo adquirida.

Pero David comprendió algo que no olvidaría.

Había juzgado a Margaret cuando creyó que no tenía poder.

Emma había hecho exactamente lo contrario.

Había ayudado a una desconocida cuando estaba convencida de que jamás recibiría nada a cambio.

Emma regresó a su caja.

Se colocó nuevamente la identificación.

David comenzó a alejarse, pero se detuvo.

—Emma.

—¿Sí?

—Lo que dijiste antes...

—¿Qué cosa?

David miró hacia las puertas por donde Margaret acababa de desaparecer.

—Que volverías a hacerlo.

Emma asintió.

—Sí.

David guardó silencio unos segundos.

—No pierdas eso.

Emma lo observó sorprendida.

Después sonrió.

—No pienso hacerlo.

David se marchó.

Emma llamó al siguiente cliente.

Afuera, bajo la lluvia, Margaret sostuvo el cartón contra su pecho mientras caminaba lentamente entre los automóviles.

Seguía pareciendo una mujer pobre.

Una mujer cansada.

Una mujer a la que la mayoría de las personas probablemente nunca miraría dos veces.

Y quizá esa había sido siempre la verdadera prueba.

Porque el carácter no se demuestra cuando sabemos que alguien poderoso nos está observando.

Se demuestra en lo que hacemos cuando estamos convencidos de que nadie importante lo sabrá jamás.

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Aquella noche, un simple cartón de leche había costado muy poco.

Pero había revelado el verdadero valor de tres personas.

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